Mientras busco mi estilo de escritura, cuento mi forma de ver la vida

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Mujeres… no puedes vivir con ellas, ¿y sin ellas?

Es más que conocida la histeria femenina y su placer de complicarnos a los hombres la vida. Sin importar el esfuerzo que hagamos, todo está mal; incluso cuando no tienen razón, pero no se les puede discutir.

Un ejemplo es la primera cita. Obvio que se da luego de tanto esmero en que acepten. Si les proponemos ir a tomar un café a la tarde, nos fichan de aburridos y, sin importar lo que ocurra, no tendremos una segunda oportunidad. Un trago a la noche en un bar, no se va a poder conversar.

Por descarte, queda la opción de la cena. Para que no piensen que son “una más” o “una cualquiera”, tiene que ser en un restaurant de cierta categoría.

Luego de un agradable momento, de demostrarles que no somos “un boludo más”, viene el puñal por la espalda. No hay excepción a esta regla.

La siguiente escena demuestra de qué estoy hablando:

Mozo: ¿Van a querer algún postre?

Mujer: Yo no. No me dejan elegir.

Hombre: ¿En serio no querés? Bueno – dice mientras saca una tarjeta dorada.

Mozo: Ah, tiene tarjeta dorada. Entonces pedí tranquila.

Mujer: Y, viste cómo es esto… billetera mata galán.

Durísimo de ese golpe bajo, a la boca del estómago, que nos ha dejado sin aire. Incluso después de esto, tenemos que reponernos. A estas horas resta llevarlas a su domicilio.

Acá aparece el segundo gran dilema: ¿buscamos la forma de que nos inviten a entrar a la casa o no? Si nos inclinamos por la primera, somos unos lanzados, zarpados, desubicados, depravados. De querer evitar que nos prejuzguen –nuevamente-, elegimos la segunda; lo que también es un gran error, porque otra vez caemos en la categorización de aburridos.

Al otro día, la tercer disyuntiva: damos o no señales de vida. Opción A: somos pesados, cargosos, desesperados. Opción B: somos la peor calaña sobre la Tierra.

Pedro, negó tres veces a Jesús y fue santificado; a nosotros, las mujeres nos crucifican.

En fin, Freud se equivocó en dos cosas: intentar interpretar a las mujeres y en preguntarse qué es lo que quieren. El interrogante correcto es cómo nos quieren: a la parrilla, al horno; o como bien dijo León Daudí: “A las mujeres les gustan los hombres desesperados; si no los encuentran, los hacen”.

Francisco Partier.

(ni se les ocurra decirme Pancho).